Heridas que no sanan



Quizá en este momento de tu vida te estés preguntando por qué, eso que siempre te ha dolido, no deja de dolerte. Quizá te preguntas por qué, a pesar de tus esfuerzos, te sigue importando mucho lo que les demás piensan de ti, por qué te duele tanto que te rechacen, por qué tienes tanto miedo al abandono, o por qué sigues sintiendo que no eres suficiente.


Lo primero que quiero decirte, y es lo más importante ahora mismo, es que no hay nada de malo en ti por sentir todo esto. Y en este blog-post, quiero explicarte por qué es absolutamente normal (normativo, la norma en lo humano) que lo sientas.


La herida, ¿qué es?

Llamamos herida a ese malestar profundo y nuclear que sentimos a lo largo de nuestra vida. Esa raíz del dolor, eso "que siempre vuelve" por mucho que mi vida cambie o las personas de mi alrededor no sean siempre las mismas. Es ese dolor que sentimos como injusto e incluso injustificado. Es ese dolor que muchas veces nos hace reaccionar de formas que no entendemos y/o no nos gustan.


Lo cierto es que todo ser humano siente esto en algún momento de su vida, la herida forma parte de nuestro desarrollo, pero no siempre la sentimos de la misma manera y esa capacidad de transformación del dolor es lo que la herida viene a desarrollar.


¿Alguna vez te has preguntado por qué el dolor (del tipo que sea) es inevitable? Lo cierto es que el dolor es funcional. Las personas que no sienten dolor físico (una enfermedad llamada insensibilidad congénita al dolor) están en constante peligro por no poder protegerse de cualquier indicador de que algo no funciona correctamente en su cuerpo físico. El dolor, tanto el físico como el emocional, nos ayuda a protegernos y a relacionarnos con la realidad para poder responder a ella.


El dolor de la herida, concretamente, nos ayudará a adaptarnos a lo largo de toda nuestra vida. Es un mismo dolor que puede traer diferentes aprendizajes. No es una transformación del dolor tan inmediata como la que podemos ver en el dolor físico o incluso en algún dolor emocional (como la tristeza), sino que necesita de mucho tiempo y de diferentes etapas para poder integrarse como adaptación. La herida, es un dolor que tiene que ver con quién soy y no con qué me está pasando.


¿Por qué todes tenemos una herida?

Como ya he explicado en algunos post anteriores (por ejemplo, aquí), cuando nacemos estamos completamente conectados a nuestra autenticidad, no hay exigencias ni nada que condicione nuestra forma de comportarnos, tenemos la libertad de ser curioses y explorar el mundo desde nuestras tendencias naturales.


Sin embargo, conforme vamos creciendo y necesitando formar parte del mundo (pertenecer) empezamos a aprender que hay cosas que no están bien, o lo que es lo mismo, que algunas conductas generan rechazo en las personas de alrededor. El rechazo se vive como lo contrario al amor incondicional de ser libre en mi comportamiento, y queremos volver a sentir eso, por lo que aprendemos a limitarnos en nuestra forma de comportarnos para encajar, que se nos quiera y que, aparentemente se nos acepte. La consecuencia es que desde aquí nunca llegamos a la sensación de amor incondicional que da libertad, sino todo lo contrario: cada vez nos volvemos más esclavxs de esa imagen que quiere encajar, llegándonos a perder de toda esa autenticidad a la que estábamos conectades al nacer.


Este proceso, completamente natural en el ser humano, es la base fundamental de nuestra herida: el haber sido rechazades en nuestro ser auténtico.


¿Cómo es que la herida no sana?

La base fundamental de nuestra herida es haber sido rechazades por lo que realmente somos, de lo cual podemos sacar una conclusión: no valemos por lo que realmente somos. Así que nos alejamos de esa esencia/autenticidad y creamos una imagen con la que nos identificamos (identidad y personalidad). La rigidez o flexibilidad de esta forma de funcionar determinará lo difícil/fácil que me resulte conectar con mi herida de rechazo, y así determinará las etapas por las que pasaré a lo largo de mi vida hasta integrar mi herida.


El proceso completo podría resumirse en los siguientes pasos:

  1. Soy consciente de que existo

  2. Me corrigen (rechazo)

  3. Entiendo que no soy buene

  4. Me protejo

  5. Creo una capa para ser lo que esperan de mí

  6. Me juzgan (rechazo)

  7. Entiendo que no soy suficiente

  8. Sigo protegiéndome

  9. Me rompo

Los pasos 5, 6, 7 y 8 se repiten en bucle, generalmente, durante un largo período de nuestra vida. No hay un límite establecido en el que nos rompemos, depende de nuestra historia de vida y de nuestras tendencias naturales. De hecho, incluso podemos rompernos, empezar a deshacer el camino, y volver al punto 5 en cualquier momento que necesite protegerme de nuevo o se me acabe la energía de seguir caminando sin saber quién soy. No es por débiles o porque queramos seguir en ese bucle, es porque en ese momento lo necesitamos y fin, no hay un camino perfecto en esta andadura.


El paso número 9, aparece en nuestra vida como un torbellino y puede sentirse como una crisis de identidad (no sé quién soy), llevándonos a una sensación de vacío (duelo de identidad), desde el que podremos empezar a construir algo nuevo, siempre que podamos sostenernos en ese vacío sin protegernos de él.


Muchas veces, sin guía de alguien profesional, esto es algo difícil, nadie tiene por qué hacer este camino sole, precisamente porque esa soledad es la que nos pone en protección (paso 5) de nuevo. Sentir a otres persones en el camino es fundamental para seguir en él.


En definitiva, la herida no se cura, porque sin esa herida no volveríamos nunca a nuestro ser auténtico. La herida es la brújula del camino de vuelta. Nuestro cometido es aprender a utilizarla.

Si la herida no se cura, ¿qué hago con ella?

El primer miedo que nos entra cuando comprendemos que la herida siempre va a estar con nosotres, en nuestro interior, es que ese dolor nos va a destrozar si sigue ahí.

Pero resulta que lo que nos destroza no es la herida, sino los pasos de protección de la misma.


Me explico, el objetivo no es sanar la herida, sino sanar el cómo me he protegido de ella. Cuanto más oculto el dolor de no ser valiose/suficiente, más lo niego, menos quiero que sea verdad, más protección necesito, más me destrozo en ella, más me sigo alejando de mi ser auténtico.

Cuando me identifico profundamente con cómo me protejo (creo mi concepto del yo en base a mi ego y personalidad), resulta muy difícil empezar a soltar mis protecciones. Es un camino único de cada persona que requiere pasar por una crisis de identidad y su posterior duelo de la misma.


Sin embargo, es la propia herida la que paradógicamente nos va a sostener en ese camino, porque es la que no se va, la que nunca cambia. Sostenernos en la herida no es fácil, puede ser un camino lleno de vacío y oscuridad, pero cuando permitimos que esas sensaciones nos acompañen y formen parte de nosotres, nos dan la oportunidad de comprender quiénes somos realmente.


Así que sí, el camino de encontrarte con quien realmente eres consiste en encontrarte con tu herida, pero desde un lugar de curiosidad, en el que aprendo de quién soy a través de ella, dejando a un lado el camino de ocultármela a mí y al mundo protegiéndome.


Para llegar a sostenernos en el proceso de sostener(nos) la herida, es necesario:

  • Tener una relación armoniosa con nuestra mente

  • Estar conectades al cuerpo y las emociones

  • Conocer cómo funciona nuestro ego diferenciándonos de él

  • Sentir pertenencia en el camino (grupo de apoyo, tribu, personas que también están en el camino)

En el grupo de acompañamiento en profundidad Camino, Herida e Identidad, asentamos estas bases en las 3 primeras semanas, para adentrarnos en la herida amorosamente en las 3 siguientes, sosteniédonos, queriéndonos, abrazándonos. Es un camino profundo, de autoconocimiento y autorrespeto.

[Inscripciones abiertas hasta el 16 de febrero 2022]






















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